Los Testigos de Jehová Calumniados...

"Porque, verdaderamente, en lo que toca a esta secta nos es conocido que en todas partes se habla en contra de ella”.(Hechos 28:22)

La aterradora Inquisición




CORRÍA el siglo XIII y se decía que todo el sur de Francia estaba infestado de herejes. El obispo de la región había fracasado en sus intentos por arrancar de raíz la mala hierba que crecía en su diócesis, que se suponía que fuera un campo exclusivamente católico. Se consideró necesario tomar medidas más drásticas. Representantes especiales del papa intervinieron “en el asunto de la herejía”. Y así la Inquisición floreció en dicha región.

La Inquisición tiene sus cimientos en los siglos XI y XII, tiempo en que varios grupos de disidentes comenzaron a surgir en la Europa católica. Pero en realidad, la Inquisición fue instituida por el papa Lucio III en el sínodo de Verona, Italia, en 1184. En colaboración con Federico I Barbarroja, emperador del Santo Imperio Romano, el papa decretó que cualquier persona que hablara o hasta pensara en contra de la doctrina católica sería excomulgada por la iglesia y debidamente castigada por las autoridades seglares. A los obispos se les instruyó que buscaran (en latín, inquirere) a los herejes. Este fue el comienzo de lo que se llamó la Inquisición episcopal, es decir, a cargo de los obispos católicos.

Medidas más severas

Sin embargo, resultó que a los ojos de Roma no todos los obispos tenían suficiente celo como para investigar y buscar con empeño y persistencia a los disidentes. Por eso, varios papas en sucesión enviaron legados papales que, con la ayuda de los monjes cistercienses, tenían la autorización de llevar a cabo sus propias “investigaciones” tocante a la herejía. De modo que por algún tiempo la Inquisición tomó dos vertientes: la llamada episcopal o de los obispos y la de los legados, llegando esta última a ser la más severa.

Ni aun esta Inquisición más severa fue suficiente para el papa Inocencio III. En 1209 lanzó una cruzada militar en contra de los herejes del sur de Francia. Estos eran en su mayoría cátaros, un grupo religioso que fusionaba el maniqueísmo con el gnosticismo cristiano apóstata. Dado que Albi era una de las ciudades donde más abundaban los cátaros, se les llegó a conocer como albigenses.

La “guerra santa” contra los albigenses terminó en 1229, pero aún no se había erradicado totalmente a los disidentes. De modo que ese mismo año el papa Gregorio IX, en el sínodo de Tolosa, ciudad en el meridiano de Francia, dio un nuevo incentivo a la Inquisición. Hizo preparativos para que en cada parroquia hubiera inquisidores permanentes, entre quienes también se incluía a un sacerdote. En 1231 este mismo papa emitió una ley por medio de la cual a los herejes impenitentes se les condenaría a morir quemados y a los arrepentidos a cadena perpetua.

Dos años más tarde, en 1233, Gregorio IX exoneró a los obispos de la responsabilidad de buscar a los herejes. Entonces instituyó la Inquisición monástica, llamada así porque nombró a monjes como inquisidores oficiales. A estos se les escogió, principalmente, de entre los miembros de la recién fundada Orden de los dominicos y también de los franciscanos.

El procedimiento inquisitorial

Los inquisidores, frailes dominicos y franciscanos, reunían en las iglesias a los habitantes de la localidad. Los citaban para que el que fuera culpable de herejía lo confesara, o si sabía de algún hereje, lo denunciara. Aun si solo había sospecha de alguien, había que denunciarlo.

Cualquier persona —hombre, mujer, niño o esclavo— podía acusar a otra de hereje, sin temer a tener que enfrentarse al acusado ni que el acusado se enterara de quién lo denunció. El acusado rara vez tenía quién lo defendiera, ya que a cualquier abogado o testigo a su favor se le acusaría de ayudar a un hereje y de ser su cómplice. Así que por lo general el acusado se enfrentaba solo ante los inquisidores, quienes desempeñaban el cargo de fiscal y a la vez de juez.

Los acusados tenían, a lo sumo, un mes para confesar. Entonces, prescindiendo de si confesaban o no, comenzaba la “inquisición” (en latín inquisitio). A los acusados se les mantenía en custodia, muchos de ellos incomunicados y con poca alimentación. Cuando la prisión del obispo estaba llena, se usaba la prisión civil. Y cuando esta se repletaba, se usaban edificios antiguos que habían sido acondicionados para servir de prisiones.

Dado que a los acusados ya se les consideraba culpables aun antes de que comenzara el proceso judicial, los inquisidores empleaban cuatro métodos diferentes para inducirlos a confesar su herejía. Primero, amenazas con muerte en un madero. Segundo, encadenamiento en una pequeña celda oscura y húmeda. Tercero, presión sicológica por parte de los que los visitaban en la cárcel. Y por último, torturas, que incluían el tormento del caballete, la estrapada y tormento del fuego. Monjes se situaban cerca para hacer registro de cualquier confesión. La absolución era prácticamente imposible.

Castigos

Las sentencias se pronunciaban los domingos, en la iglesia o en la plaza pública, ante la presencia del clero. Una sentencia ligera podía implicar cierta penitencia, como el llevar obligatoriamente una cruz amarilla cosida a la ropa, lo que hacía casi imposible encontrar empleo. Por otra parte, la condena podía ser flagelación en público, encarcelamiento, o ser entregado a las autoridades seglares para morir en la hoguera.

A los que recibían las condenas más fuertes les confiscaban sus bienes, los cuales se repartían entre la Iglesia y el Estado. Así que los familiares del hereje sufrían grandemente. Las casas de los herejes y de aquellos que les habían dado albergue eran demolidas.

A los muertos acusados de haber sido herejes se les encausaba después de la muerte. Si se les juzgaba culpables, su cuerpo era exhumado y quemado, y sus bienes eran confiscados. Esto también traía indecible sufrimiento a los familiares inocentes del fallecido.

Ese era el procedimiento general de la Inquisición medieval, con ciertas variaciones según la época y el lugar.

Torturas aprobadas por el papa

En 1252 el papa Inocencio IV emitió la bula Ad exstirpanda, con la que oficialmente autorizaba el uso de torturas por los tribunales eclesiásticos de la Inquisición. Los papas Alejandro IV, Urbano IV y Clemente IV promulgaron otras reglas tocante a la manera de torturar.

Al principio, a los inquisidores eclesiásticos no se les permitía estar presentes cuando se administraba la tortura, pero los papas Alejandro IV y Urbano IV quitaron esta restricción. Esto permitió que el “interrogatorio” se continuara en la cámara de torturas. Tal como se autorizó en un principio, a la persona se le podía torturar solo una vez, pero los inquisidores buscaron la manera de evadir esta restricción y alegaban que las reanudadas sesiones de tortura eran solo “una continuación” de la primera.

No pasó mucho tiempo antes de que se torturara aun a los testigos con el fin de asegurarse de que estos habían denunciado a todos los herejes que conocían. A veces se torturaba al acusado aun después de haber confesado. Según explica The Catholic Encyclopedia, esto era “para obligarlo a testificar en contra de sus amigos y otros reos junto con él”. (Tomo VIII, página 32.)

Seis siglos de terror

De ese modo entró en vigor el régimen inquisitorial en la primera mitad del siglo XIII E.C. y se usó por varios siglos para aplastar a cualquiera que hablara o tan siquiera pensara de manera diferente a la Iglesia Católica. Diseminó terror por toda la Europa católica. Cuando a finales del siglo XV la Inquisición comenzó a aplacarse en Francia y en otros países del centro y occidente de Europa, comenzó a cobrar auge en España.

La Inquisición española, autorizada en 1478 por el papa Sixto IV, se dirigió primeramente contra los marranos, o judíos españoles, y los moriscos, o musulmanes españoles. Se sospechaba que muchos de estos, que por temor habían adoptado la fe católica, continuaban practicando en secreto su religión original. Con el tiempo, a la Inquisición se le utilizó como una terrible arma contra los protestantes y contra cualesquier otros disidentes.

Desde España y Portugal, la Inquisición se esparció a las colonias que estas dos monarquías católicas tenían en América Central y del Sur, y en otros lugares. La Inquisición llegó a su fin cuando Napoleón invadió España a principios del siglo XIX. Se volvió a establecer temporalmente después de la caída de Napoleón, pero finalmente se abolió en 1834, hace solo siglo y medio.

¿Cómo pudo ser posible?

UNA de las paradojas de la historia es que algunos de los peores crímenes cometidos contra la humanidad, solo igualados por los de los campos de concentración del siglo XX, fueron perpetrados por frailes dominicos y franciscanos de dos órdenes religiosas que pretendían estar dedicadas a predicar el mensaje de amor de Cristo.

Es difícil comprender cómo una iglesia que apoya las palabras inspiradas de que “todos los que quieren vivir virtuosamente según Jesucristo, han de padecer persecución” pudo ella misma convertirse en perseguidora. (2 Timoteo 3:12, Torres Amat, versión católica.) ¿Cómo pudo ser posible eso?

En primer lugar, fueron las enseñanzas católicas lo que lo hicieron posible. Pero ¿cómo? Pues bien, se puede resumir con las famosas palabras del católico “San” Agustín: “Salus extra ecclesiam non est” (No hay salvación fuera de la iglesia). El libro A History of Christianity (Una historia del cristianismo), escrito recientemente por Paul Johnson, dice acerca de Agustín: “Él no solo aceptó la persecución, sino que se convirtió en un teórico de esta; y sus defensas fueron las que más adelante sirvieron de apoyo a todas las defensas de la Inquisición”.

En el siglo XIII, “santo” Tomás de Aquino, llamado el “Doctor angélico”, abogó a favor de la pena capital para los herejes. The Catholic Encyclopedia explicó esto de la siguiente manera: “Los teólogos y juristas, hasta cierto grado basaron su actitud en la similitud que hay entre la herejía y la alta traición”. La misma publicación admite que “no puede haber duda alguna, por lo tanto, de que la Iglesia se arrogó el derecho de coaccionar físicamente a los apóstatas declarados”.

El “derecho” de la iglesia de torturar y quemar a los herejes fue, en efecto, una horrible consecuencia de las doctrinas sin base bíblica del infierno y el purgatorio.

[Nota]

Historiadores católicos con frecuencia catalogan indiscriminadamente a los herejes medievales como de “sectas maniqueas”. Maniqueo o Manes creó en el siglo III E.C. una fusión religiosa en la que mezclaba el zoroastrismo persa y el budismo con el gnosticismo cristiano apóstata. Aunque tales grupos disidentes, como el de los cátaros, se basaban en las enseñanzas de Manes, este no era el caso con los grupos disidentes que más se inclinaban a la Biblia, tal como los valdenses.

Cuando hubo PAPAS rivales...

Fue en 1032 que Benedicto IX fue electo papa a la edad de catorce años.8 “Fue una deshonra para la Cátedra de Pedro,” no dice The Catholic Encyclopedia.9 Otros informan que “fue uno de los más libertino que jamás ocupó ese puesto.”10 Debido a su “vida disoluta,” una de las facciones de Roma lo echó de su puesto en 1044, y “en medio del mayor desorden” eligió papa a Silvestre III. Pero Benedicto IX regresó el mismo año y logró expulsar al recién electo Silvestre III.9 Entonces quiso casarse, pero el padre de la novia que deseaba rehusó dar su consentimiento hasta que Benedicto renunciara como papa, y él concordó en hacer esto.8 Sin embargo, como tal paso lo habría dejado sin ingresos, por una suma grande de dinero vendió el papado a su padrino, Juan Gracián, que entonces fue electo debidamente, asumiendo el título de Gregorio VI. Pero entonces Benedicto, evidentemente no habiendo podido conseguir su novia después de todo, no cumplió con su trato y trató de deponer a Gregorio VI, a quien le había vendido el papado.11

Tocante a esta situación The Catholic Encyclopedia declara: “La condición de Roma en particular era deplorable. En la basílica de San Pedro, el templo de San Juan de Letrán y en la iglesia de Santa María la Mayor, se sentaban tres pretendientes rivales al papado. Dos de ellos, Benedicto IX y Silvestre III, representaban facciones rivales de la nobleza romana. La posición del tercero, Gregorio VI, era extraña”... había recibido el papado pagando un precio grande por él y hasta había sido electo papa, y ahora el que se lo había vendido lo quería de vuelta.12

El rey alemán Enrique III, emperador del Santo Imperio Romano, se escandalizó por esta situación. No quiso reconocer como papa a ninguno de los tres pretendientes rivales, sino que marchó a Roma con un séquito grande de dignatarios religiosos y políticos y reunió un sínodo en el cual dos de los papas rivales fueron depuestos y al tercero, Gregorio VI, que había comprado su puesto, se le persuadió a renunciar. Entonces un obispo alemán fue hecho papa, Clemente II. Pero tan pronto había salido de Roma el emperador, Benedicto IX regresó para tratar de obtener el trono. Enrique III se apresuró a volver, y por eso Benedicto huyó, y no volvió más.9 De paso debe hacerse notar que en aquellos días los gobernantes civiles a menudo desempeñaban un papel prominente en la elección del papa. De hecho, por un tiempo fue la práctica tradicional el que los reyes alemanes controlaran la sucesión papal.10

No muchos años después de estos acontecimientos, en 1061, los cardenales romanos eligieron papa a Alejandro II, sin primero consultar con la corte alemana y la nobleza romana. Ésta, junto con algunos obispos de Lombardía, pudo persuadir a la corte alemana a reunir una asamblea de varios prelados católicos romanos en Basilea, Suiza. Ésta eligió al prelado Cadalo como papa, y éste asumió el título de Honorio II. En la primavera de 1062 marchó a Roma con una fuerza militar y se apoderó de los recintos de la basílica de San Pedro.10 Aunque fue excomulgado y echado por un ejército que favorecía a Alejandro II, Honorio de nuevo marchó a Roma y tomó posesión del castillo de Sant’ Angelo, la fortaleza del papa, y por más de un año desafió el poder de Alejandro, que residía en la sede papal en el templo de San Juan de Letrán. Entonces Honorio II huyó a su obispado en Parma y, aunque fue anatematizado por un concilio papal, insistió hasta el día de su muerte en que él era el papa legítimo.13

Sobre este incidente en la sucesión de papas al papado, el historiador moderno Latourette declara: “Por casi todo el reinado de Alejandro II, Cadalo fue un rival fastidioso. Parte de la batalla se peleó en Roma misma con el uso de armas por parte de ambos lados. Hubo diplomacia tortuosa y complicada envuelta, con el uso pródigo de dinero por ambos lados para comprar el favor del populacho romano.”10

El Gran Cisma de Occidente

A este cisma se le llama así para distinguirlo del Cisma de Oriente, que se hizo permanente en 1054 cuando los emisarios del papa romano excomulgaron al cabeza de la Iglesia Ortodoxa Oriental. Por el Cisma de Oriente las iglesias ortodoxas orientales se separaron de Roma y rehusaron reconocer por más tiempo al papa de Roma como su cabeza.14

El Gran Cisma de Occidente comenzó en 1378. Casi setenta años antes, en 1309, el papa Clemente V mudó el papado a Aviñón, en lo que ahora es Francia del sudeste, en aquel tiempo bajo el régimen de los reyes de Sicilia. Según un historiador prominente, siete papas en total, y todos ellos franceses, rigieron desde allí.10 Los historiadores católicos romanos llaman a este período el “Cautiverio Babilónico.”15 Parece que este paso no se dio en primer lugar sin buena razón, ya que Roma en aquellos días era escena de gran alboroto y contienda, parte de ello ocasionado por el papado mismo.10

El séptimo y último de estos papas, Gregorio XI, salió de Aviñón en 1377 y regresó a Roma y restableció allí el papado. Cuando murió el 27 de marzo de 1378,11 algunos cardenales, sacerdotes y nobles así como el populacho romano en general estaban muy interesados en la elección de un papa italiano para que el papado permaneciera en Roma. Dieciséis cardenales se reunieron en Roma el 7 de abril, y al día siguiente escogieron a un prominente obispo italiano que parecía gozar de alta estima debido a sus capacidades. Esto se hizo mientras el pueblo de Roma clamaba fuertemente por un papa italiano y hasta había invadido los recintos donde estaban deliberando los cardenales. En la noche de ese mismo día se reunió de nuevo una mayoría de los cardenales y reafirmó su selección, el cual entonces asumió el título de Urbano VI.16

Pero muy pronto les estaba pesando a los cardenales su selección. Entre otras cosas, no todos se inclinaban a la reforma, y Urbano sí. Además, se mostró obstinado, irascible y arrogante. En sus reuniones con oficiales de alto rango de la iglesia intercambiaba insultos con ellos. De modo que los cardenales comenzaron una campaña silenciosa contra él y unos meses más tarde se reunieron para escoger otro papa, alegando que su elección anterior, de Urbano VI, era inválida porque ellos habían sido intimidados por el populacho romano.10 En realidad aquel cónclave anterior había sido uno de los más cortos jamás celebrados.16

Con el pretexto de que Roma era una ciudad donde hacía mucho calor los cardenales ofendidos se reunieron en otro lugar.16 La mayoría abrumadora de ellos tachó a Urbano de anticristo y apóstata y exigió que renunciara. Por supuesto, él rehusó. Insistiendo en que tenían el poder para deponer así como para elegir a un papa, ellos declararon vacante el puesto de él y entonces el 20 de septiembre eligieron a otro papa,16 Clemente VII.10 Esto entonces señaló el comienzo del Gran Cisma de Occidente.16

A Clemente VII le pareció conveniente devolver el papado a Aviñón, pues era francés. Casi inmediatamente la Europa católica romana se dividió en dos facciones; “la obediencia de Urbano era más numerosa, la de Clemente más imponente.”16 “Santos y teólogos prominentes tomaron partido, así como las naciones de Europa, algunas poniéndose de parte de Urbano, otras de Clemente. Como lo expresó un historiador: “Dos papas, con sus cortes completamente organizadas, exigían la lealtad de la cristiandad. . . . Eran dos papas bien apoyados, ambos con el entero peso de la tradición papal tras ellos, y, con sus sucesores, dividiendo a la cristiandad por un período suficientemente largo como para hacer que surgieran problemas apremiantes y urgentes para los fieles.”17

Un secretario papal nos describe así la condición de la corte papal en aquellos días: “Allí hablan cada día de castillos, terrenos, ciudades, de toda clase de armas bélicas, de dinero; pero rara vez o nunca los oye uno hablar de pureza, limosnas, justicia, fe o de la vida santa. De modo que lo que en otro tiempo fue una Curia espiritual, ha llegado a ser una Curia mundana, diabólica, despótica, y peor en carácter, aun en su vida pública, que cualquier otra corte seglar.”17

Hombres honrados y sinceros dentro de la Iglesia Católica se indignaron. Dijo uno de ellos: “A causa del lucro inmundo no se encuentra a un papa que esté dispuesto a ceder su puesto por amor de la paz de la Iglesia.”17 Dijo otro: “Un papa excomulga a un hombre y el otro lo declara libre de la excomunión. Uno condena justamente a un hombre, otro lo justifica injustamente cuando apela; así se perjudica la justicia, las llaves de la Iglesia se degradan, y la espada de San Pedro pierde su terror.”17 Y uno de los principales doctos católicos romanos, en un concilio que se reunió para resolver el problema, dijo: “En la nave hay dos capitanes que están disputando y contradiciéndose el uno al otro.”18 Durante esta situación cuatro papas diferentes rigieron en Roma y dos papas diferentes rigieron en Aviñón, además de los cuales hubo dos que reinaron hacia el fin de este período como resultado del Concilio Pisano.18

El Concilio de Constanza

Repetidas veces se reunieron concilios en Francia y en otros lugares para cerrar la brecha, pero todo fue en vano. “El mal continuaba sin remedio ni tregua,” dice The Catholic Encyclopedia.18 En 1409 se reunió un concilio grande en Pisa, Italia, aparentemente con la esperanza de terminar el cisma. Pero en vez de remediar los asuntos solo los empeoró, porque resultó en que se promulgara un tercer papa como el verdadero, puesto que los dos papas que ya regían rehusaron reconocer la deposición de ellos por este concilio. Finalmente, “después de muchas conferencias, proyectos, discusiones (a menudo violentas), intervenciones de las fuerzas civiles, catástrofes de todas clases, el Concilio de Constanza”18 acabó con el cisma. Este concilio fue convocado por el rey alemán recién electo Segismundo, más tarde emperador del Santo Imperio Romano, y también fue convocado por el papa Juan XXIII. De los tres papas que regían solo vino Juan XXIII, a la cabeza de un séquito grande y con 1.600 caballos. El rey Segismundo solo vino con 1.000 caballos. Juan esperaba vencer al concilio por su gran cuerpo de adherentes, pero quedó frustrado, porque el concilio decidió votar en armonía con las divisiones nacionales, dándose a cada país solo un voto.19 Cuando vio el giro de los acontecimientos huyó so pretexto de tener mala salud. El concilio lo acusó de una larga lista de delitos e inmoralidades, de muchos de los cuales ciertamente era culpable, y con éstos como base lo depuso.20

El concilio ejerció presión en el débil Gregorio XII, el papa que vivía en Roma, para que abdicara, lo cual hizo. También trató de ejercer presión en Benedicto XIII, que estaba rigiendo en Aviñón en ese tiempo, para que abdicara. Cuando éste rehusó abdicar, el concilio, después de declararlo perjuro, hereje y un obstáculo a la unión de la Iglesia Católica, lo depuso.10 Dos años después, el 11 de noviembre de 1417, el concilio escogió a un prelado que asumió el título de Martín V.18

Aunque el Gran Cisma de Occidente técnicamente terminó con la elección de Martín V, realmente continuó por años después, porque, mientras vivió, Benedicto XIII desafió el haber sido depuesto. En 1424 su sucesor en Aviñón, Clemente VIII, electo por los pocos cardenales que siguieron apoyando a Benedicto XIII, igualmente insistió en que él era el papa legítimo, hasta 1429, cuando finalmente capituló. Es por eso que los historiadores católicos romanos dicen que el Gran Cisma de Occidente duró cuarenta años, mientras que otros historiadores dicen que duró cincuenta años, desde 1378 a 1429, en vez de hasta 1417.14

Efectos del cisma

Lo que había dividido en gran parte a la Iglesia Católica fue la cuestión de reforma, junto con las ambiciones egoístas de hombres codiciosos. En el Concilio de Constanza, por lo tanto, no se dio énfasis a la reforma, sino a la unidad. Entre las cosas que hay que imputarle está la condenación y quema del reformador bohemio Juan Hus.10 Y aunque superficialmente cerró la brecha dentro de la Iglesia de Roma, el daño ya había sido causado. Así, pues, un historiador describe el efecto poderoso que este gran cisma tuvo en el distinguido docto y prelado católico romano inglés, Wiclef, señalando que cristalizó su oposición a su iglesia: “Los últimos seis años de la vida de Wiclef quedan por sí mismos como el resultado de la influencia del Gran Cisma.”17 Y otro escribió: “Fueron los cardenales en Roma en 1378 los que colocaron el cimiento del movimiento que culminó en la revuelta religiosa del siglo dieciséis.”17 De hecho, hasta el movimiento husita fue fruto del Gran Cisma de Occidente, pues Wiclef influyó en Hus.10

Hoy de nuevo existe mucha disensión dentro de la Iglesia de Roma. Afronta un dilema: no va cambiando suficientemente aprisa para agradar a los líderes liberales, y va demasiado aprisa para los elementos conservadores. No sorprende que el papa Paulo VI se queje de una “agitación cismática” y suplique que se le dé obediencia. Aunque hoy no existen papas rivales, algunos católicos se oponen tan fuertemente a los cambios que se están efectuando que encolerizadamente efectuaron manifestaciones contra ellos en las calles de Roma a fines de 1969. “Algunos de los más encarnizados oponentes de la liturgia modernizada hasta han ido al grado de llamar a Paulo un antipapa herético.”7

¡Cuán alejada del ejemplo y las enseñanzas de Jesús está la historia pasada y presente del papado, con sus papas rivales y disensiones! Jesús fue de corazón humilde y aconsejó que “el que quiera ser el primero entre ustedes tiene que ser esclavo de ustedes.” (Mat. 20:27) Además, dijo que a sus seguidores se les reconocería como constituyentes de la iglesia verdadera por su amor y unidad, no por su división y el recurrir a las armas.—Juan 13:34, 35.

¡Y qué alejadas estuvieron las acciones de aquellos papas rivales de este consejo del apóstol Pablo: “Nada hagáis por rivalidad, ni por vanagloria, sino con humildad, considerando cada cual a los demás como superiores a sí mismo, buscando cada cual no su propio interés sino el de los demás”!—Fili. 2:3, 4, Biblia de Jerusalén.

¿Habría habido papas rivales en días pasados si se hubieran observado estas palabras de Jesús y Pablo? ¿Habría el alboroto que hay dentro de la Iglesia Romana hoy? ¿Realmente encaja la Iglesia Católica Romana en la descripción que la Biblia da de los cristianos verdaderos? Los hechos hablan por sí mismos.

REFERENCIAS

9. The Catholic Encyclopedia, tomo II, pág. 429.

10. A History of Christianity, Latourette, págs. 466, 464, 469, 489, 625, 627, 630, 631, 666, 667.

11. The Catholic Encyclopedia, tomo VI, págs. 791, 799.

12. Ib., tomo IV, pág. 17.

13. Ib., tomo III, págs. 128, 129.

14. The New Schaff-Herzog Encyclopedia of Religious Knowledge, tomo X, pág. 238.

15. The Catholic Encyclopedia, tomo VII, pág. 58.

16. Ib., tomo XV, págs. 216, 217.

17. The Great Schism, Jordan, págs. 26, 27, 32, 37, 11.

18. The Catholic Encyclopedia, tomo XIII, pág. 540.

19. The New Schaff-Herzog Encyclopedia of Religious Knowledge, tomo IV, pág. 545.

20. The Catholic Encyclopedia, tomo VIII, pág. 435.

[Nota]

John L. McKenzie, profesor jesuita de la Universidad de Fordham, en su libro The Roman Catholic Church (1969), declara: “La corrupción de la corte papal bajo hombres indignos se aproxima a lo increíble. . . . Los aventureros y bandidos que fueron electos a papado no tenían ningún interés en afirmar acaudillamiento espiritual de ninguna clase.”—Página 15.

Alejandro VI, un papa al que Roma no olvida



















Enlace a Wikipedia:

http://es.wikipedia.org/wiki/Alejandro_VI

Un Papa catolico que tuvo hijos e hijas:
http://es.wikipedia.org/wiki/Lucrecia_Borgia

“DESDE el punto de vista católico, no es posible calificar [a] Alejandro VI con bastante dureza.” (Historia de los papas desde fines de la Edad Media.) “Su vida privada no tiene defensa posible [...;] reconozcamos de buen grado que este pontificado no puede hacer honor a la Iglesia y que los contemporáneos, por más habituados que estuvieran a este tipo de espectáculos, consideraron las fechorías de la familia Borgia con indecible horror, cuyo eco, después de cuatro siglos, aún no se ha apagado.” (Historia de la Iglesia, de Fliche-Martin.)

¿Por qué se juzga con tanta dureza a este papa y su familia en respetadas obras históricas sobre la Iglesia Católica? ¿Qué hicieron para merecer tales críticas? Hace unos meses (octubre de 2002 a febrero de 2003) tuvo lugar en Roma la exposición I Borgia—l’arte del potere (Los Borja, el arte del poder), que constituyó una buena ocasión para meditar en las prerrogativas que ha asumido el papado en general, y en particular en el uso que les dio Rodrigo de Borja, llamado Alejandro VI durante su pontificado (1492-1503).

El ascenso al poder

Rodrigo de Borja (o Borgia) nació en 1431 en una destacada familia de Játiva, localidad del reino de Aragón que hoy forma parte de España. Era sobrino del obispo de Valencia, Alfonso de Borja, el cual veló por su educación y dispuso que, estando aún en la adolescencia, recibiera beneficios eclesiásticos (o sea, cargos religiosos dotados de rentas). Con 18 años, y al amparo de su tío, quien ya para entonces era cardenal, se trasladó a Italia, donde cursó estudios de derecho. Cuando Alfonso pasó a ser el papa Calixto III, convirtió en cardenales a Rodrigo y a su otro sobrino, Pedro Luis de Borja, al que además hizo gobernador de varias ciudades. Rodrigo, por su parte, no tardó en ser nombrado vicecanciller de la Iglesia, cargo que desempeñó bajo varios pontífices y con el que obtuvo lucrativos beneficios eclesiásticos, forjó una fabulosa fortuna, ejerció enorme poder y vivió como todo un príncipe.

Rodrigo era hombre inteligente, elocuente orador, mecenas de las artes y persona capaz de lograr sus objetivos. No obstante, mantuvo varias relaciones ilícitas, que lo convirtieron en padre de cuatro hijos con su amante de toda la vida, y de algunos más con diversas mujeres. Aunque el papa Pío II lo amonestó por su afición al entretenimiento “más disoluto” y al “placer desenfrenado”, no modificó su línea de conducta.

Tras la muerte del papa Inocencio VIII, en 1492, los cardenales se reunieron para elegir sucesor. Es innegable que Rodrigo de Borja, con espléndidas ofertas y total descaro, compró suficientes votos de sus colegas para salir del cónclave convertido en el papa Alejandro VI. ¿Cómo los sobornó? Entregándoles dignidades eclesiásticas, palacios, castillos, ciudades, abadías y obispados que brindaban cuantiosas rentas a sus titulares. No es de extrañar que un historiador eclesiástico se haya referido así a los inicios de su pontificado: “Comenzaban para la Iglesia romana días de afrenta y escándalo”.

No fue mejor que los príncipes seculares

En virtud de su autoridad espiritual como cabeza de la Iglesia, Alejandro VI arbitró entre España y Portugal el reparto de los nuevos territorios descubiertos en América. Sus poderes temporales lo convertían en jefe de los estados pontificios, que se extendían por el centro de Italia y a los que gobernaba como cualquier otro soberano renacentista. Su reinado, como el de tantos papas que le precedieron o le sucedieron, se caracterizó por la corrupción, el nepotismo y más de una muerte sospechosa.

En aquel turbulento período en el que varias facciones se disputaban los territorios italianos, el Papa no era un mero espectador. Con sus maniobras y alianzas políticas, que un día establecía y otro anulaba, aspiraba a consolidar su dominio, favorecer a sus hijos y elevar su apellido sobre el de todos sus rivales. Así, su hijo Juan se casó con la prima del rey de Castilla y fue nombrado duque de la ciudad española de Gandía, y otro de sus vástagos, Jofré, se desposó con la nieta del rey de Nápoles.

Al convenirle al pontífice un aliado que fortaleciera sus relaciones con Francia, rompió el compromiso de su hija Lucrecia, de 13 años, con un noble aragonés, y concedió su mano a un pariente del duque de Milán. Cuando dicho matrimonio perdió su interés político, buscó un pretexto para anularlo y casarla con Alfonso de Aragón, miembro de una dinastía rival. Entretanto, el ambicioso e implacable hermano de Lucrecia, César de Borja, formó una alianza con Luis XII de Francia, de suerte que el reciente enlace de su hermana con un aragonés se volvió inoportuno. ¿Cómo se resolvió la dificultad? Según fuentes acreditadas, el desdichado esposo “resultó herido en un intento de asesinato cometido por cuatro atacantes en la escalinata de San Pedro, y durante su convalecencia fue estrangulado por un sirviente de César”. El Papa, ansioso de establecer alianzas estratégicas, dispuso una tercera boda para Lucrecia, ya de 21 años, en esta ocasión con el hijo del poderoso duque de Ferrara.

Se ha dicho que César de Borja fue “un desaprensivo cuya historia estuvo teñida de sangre”. Aunque su padre lo nombró cardenal a los 17 años, valía más para las armas que para los púlpitos, pues era astuto, ambicioso y corrupto como pocos. Dejó su cargo eclesiástico y contrajo nupcias con una princesa de Francia, lo que le valió el ducado de Valentinois. Luego, con el apoyo de los ejércitos franceses, emprendió una campaña de asedio y asesinatos con objeto de someter a su dominio todo el norte de Italia.

A fin de procurarse el respaldo militar francés que necesitaba para fomentar los intereses de su hijo César, el Papa provocó un escándalo al conceder a Luis XII de Francia la conveniente anulación de su matrimonio, la cual le permitió casarse con Ana de Bretaña e incorporar a sus dominios el ducado que ella poseía. De este modo, según un acreditado historiador, el pontífice “sacrificaba deliberadamente el prestigio de la Iglesia y el rigor de los principios a la obtención de beneficios temporales familiares”.

Críticas contra los excesos papales

Los desafueros de los Borja les granjearon muchas enemistades. En esencia, el Papa se limitó a hacer oídos sordos a las críticas de sus detractores. Pero no pudo emplear dicha táctica con Girolamo Savonarola, fogoso predicador dominico y dirigente político de Florencia que arremetió con ímpetu contra los vicios de la corte pontificia, así como contra la persona y la política del propio Papa, llegando a pedir su destitución y la reforma eclesiástica. Savonarola exclamó: “Jefes de la Iglesia [...:] Vosotros estáis de noche con la concubina y por la mañana acudís al Sacramento”. Más tarde dijo de ellos: “Abiertamente muestran sus meretrices, su mala fama va en detrimento de la Iglesia. Estos, yo te lo digo, ni siquiera creen en la fe de Cristo”.

Tratando de comprar su silencio, el pontífice le ofreció el cardenalato a Savonarola, pero este lo rechazó. Fuera la causa de su ruina su política antipapal o su predicación, terminó excomulgado, detenido, torturado hasta arrancarle una confesión, y luego ahorcado y quemado en la hoguera.

Preguntas trascendentales

Estos sucesos históricos plantean importantes cuestiones. ¿Qué explicación pueden tener tales intrigas y actos de un papa? ¿Cómo los justifican algunos historiadores? Valiéndose de diversos razonamientos.

Muchos sostienen que debe verse a Alejandro VI en su contexto histórico. Sus actividades políticas y eclesiásticas estaban aparentemente condicionadas por sus deseos de mantener la paz y el equilibrio entre estados rivales, de estrechar los lazos de amistad con aliados que defendieran al papado y de unir a los monarcas de la cristiandad contra la amenaza turca.

Pero ¿y su conducta? Un especialista ofrece esta respuesta: “Malos cristianos ha habido en todos tiempos en la Iglesia, y asimismo ha habido sacerdotes indignos, y para que nadie se escandalizara de ello, lo había ya predicho el mismo Cristo; el cual comparó su Iglesia con un campo, donde crece la cizaña mezclada con el buen trigo, y con una red en la que se hallan peces buenos y malos; y él mismo tuvo longanimidad para sufrir entre sus Apóstoles a un Judas”.

El mismo estudioso añade: “Como el engarce despreciable no destruye en manera alguna el valor de una piedra preciosa, así los pecados de un sacerdote no pueden tampoco perjudicar esencialmente” a “la doctrina por el mismo predicada. [...] [El] oro es oro, ya lo distribuya una mano pura [o] impura”. Un historiador católico arguye que la norma que deberían haber seguido los católicos sinceros en el caso de Alejandro VI es el mismo consejo que dio Jesús a sus discípulos para con los escribas y fariseos, a saber, el de hacer lo que les dijeran, pero no lo que hicieran (Mateo 23:2, 3). Francamente, ¿le parece convincente este razonamiento al lector?

¿Será cristianismo verdadero?

Jesús expuso un criterio muy sencillo para determinar la autenticidad de quienes afirman ser cristianos: “Por sus frutos los reconocerán. Nunca se recogen uvas de espinos o higos de cardos, ¿verdad? Así mismo, todo árbol bueno produce fruto excelente, pero todo árbol podrido produce fruto inservible; un árbol bueno no puede dar fruto inservible, ni puede un árbol podrido producir fruto excelente. Realmente, pues, por sus frutos reconocerán a aquellos hombres” (Mateo 7:16-18, 20).

En general, ¿qué nivel alcanzan los dirigentes religiosos del pasado y del presente al compararlos con el modelo cristiano que dejó Jesucristo y que ejemplificaron sus verdaderos seguidores? Examinemos dos campos: la intervención en la política y el estilo de vida.

Jesús no fue ningún príncipe mundano. Llevó una vida tan humilde que, como él mismo admitió, ni siquiera tenía “dónde recostar la cabeza”. Su Reino “no [era] parte de este mundo”, y sus discípulos tampoco debían ser “parte del mundo, así como [él no era] parte del mundo”. De ahí que Cristo se negara a inmiscuirse en la política de sus días (Mateo 8:20; Juan 6:15; 17:16; 18:36).

¿No es verdad, sin embargo, que hay religiones que llevan siglos confraternizando con los gobernantes a fin de obtener poder y riquezas, aunque con ello perjudiquen a la gente común? ¿Y acaso es menos cierto que no pocos clérigos viven lujosamente mientras un sinnúmero de feligreses a quienes deberían estar sirviendo se hallan en la miseria?

Santiago, medio hermano de Jesús, advirtió: “Adúlteras, ¿no saben que la amistad con el mundo es enemistad con Dios? Cualquiera, por lo tanto, que quiere ser amigo del mundo está constituyéndose enemigo de Dios” (Santiago 4:4). ¿Por qué se convierte en “enemigo de Dios”? Por la razón que indica 1 Juan 5:19: “El mundo entero yace en el poder del inicuo”.

Un historiador contemporáneo de Alejandro VI escribió lo siguiente sobre él: “Adelantábanse [a sus] virtudes, con gran distancia, los vicios. No tenía sinceridad, vergüenza, verdad, fe, ni religión, [sino] costumbres muy obscenas, avaricia insaciable, inmoderada ambición, crueldad más que bárbara, y codicia grande de levantar por cualquier camino [a] sus hijos, que eran muchos”. Por supuesto, el papa Borja no fue el único jerarca eclesiástico que se comportó de ese modo.

¿Qué dicen las Escrituras sobre tal conducta? El apóstol Pablo señaló: “¿No saben que los injustos no heredarán el reino de Dios? No se extravíen. Ni fornicadores [...] ni adúlteros [...] ni personas dominadas por la avidez [...] heredarán el reino de Dios” (1 Corintios 6:9, 10).

Según indicaron sus organizadores, uno de los objetivos de la exposición de Roma sobre la familia de los Borja era “situar a estos grandes personajes en su contexto histórico [...] para comprenderlos, y ciertamente no para absolverlos o condenarlos”. Por consiguiente, dejaron que cada visitante sacara sus propias conclusiones. Pues bien, ¿cuáles son las suyas?

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¿Por qué hay tantas religiones que afirman ser cristianas?




APROXIMADAMENTE una cuarta parte de la población del mundo afirma ser cristiana. Todos éstos alegan seguir a Jesucristo, y, no obstante, están muy divididos entre sí. Se dice que unos 580.000.000 de ellos son católicos romanos. Pero desde el concilio Vaticano II éstos se han dividido en católicos liberales y católicos tradicionalistas que favorecen el uso del latín. Los aproximadamente 74.000.000 de miembros de la religión ortodoxa oriental están divididos en varias iglesias nacionales, que difieren unas de otras en sus ritos litúrgicos. En lo que tiene que ver con los más de 343.000.000 de protestantes, éstos están separados unos de otros en numerosas iglesias episcopales, luteranas, calvinistas (presbiterianas reformadas), bautistas, metodistas y otras iglesias. (Estadisticas del año 1984)

Todas estas iglesias se consideran religiones “establecidas”, “ortodoxas”, “respetables”. A estas hay que agregar los centenares de llamadas sectas despreciadas por la corriente principal católica, ortodoxa y protestante.

¿“Ortodoxas”, o “heréticas”?

En realidad, cuando son examinadas conforme a métodos históricos imparciales, ni siquiera una de las iglesias “cristianas” tradicionales puede afirmar que es la religión cristiana original. Todas ellas empezaron como vástagos —sectas— sí, hasta la que afirma ser la más antigua de todas, ¡la Iglesia Católica Romana!

Desde el punto de vista histórico, varias ciudades podrían reclamar precedencia sobre Roma como centros primitivos del cristianismo. Cuando el cristianismo se fundó en el Pentecostés de 33 E.C., no había ni un solo seguidor de Cristo en Roma. Indisputablemente, el primer centro de la congregación cristiana fue Jerusalén. Es cierto que judíos y prosélitos de Roma estuvieron presentes en Jerusalén durante el Pentecostés, y algunos de ellos sin duda se hicieron cristianos y regresaron a Roma, para fundar una congregación cristiana allí. Pero sucedió así también en el caso de muchos otros lugares mencionados en la Biblia. De hecho, los residentes temporales procedentes de Roma figuran hacia el final de la lista, justamente antes de los últimos dos grupos nacionales, que son los cretenses y los árabes. (Hechos 2:5-11.)

En aquellos días primitivos, Roma no era una sede central desde la cual se organizaban las actividades cristianas. No fue en Roma, sino en Antioquía de Siria, donde por primera vez se llamo cristianos a los discípulos de Jesús (Hechos 11:26). Además, fue desde Antioquía, no desde Roma, que el apóstol Pablo emprendió sus tres viajes misionales (Hechos 13:1-4; 14:26; 15:35, 36; 18:22, 23). Es cierto que probablemente se ejecutó a Pablo en Roma. Pero él no fue uno de los 12 apóstoles de Jesús, pues a Judas Iscariote lo reemplazó Matías (Hechos 1:23-26). De hecho, no hay absolutamente ninguna prueba bíblica de que alguno de los 12 apóstoles haya ido a Roma o haya muerto allí. El último apóstol en morir fue Juan, quien probablemente murió en Éfeso o cerca de esta ciudad. La muerte de los apóstoles dejó la puerta abierta de par en par para que se desarrollara la apostasía. (1 Juan 2:18, 19; 2 Tesalonicenses 2:3, 4.)

Con el tiempo, otras ciudades se hicieron prominentes como centros del cristianismo apóstata. Entre éstas figuran Alejandría y Cartago, en África del Norte, y Bizancio (que luego llegó a ser Constantinopla), ubicada en la frontera entre Asia y Europa. En Occidente, se desarrolló una iglesia rica y poderosa en Roma, la capital del Imperio.

Con la aparición de la apostasía predicha por los apóstoles, se desarrolló una clase clerical. Hombres prominentes se levantaron por encima del rebaño y llegaron a ser llamados obispos. Estos compitieron por el poder y llegaron a ser cabezas de tendencias o sectas rivales dentro del cristianismo apóstata. En tiempos primitivos ninguna ciudad ni ningún obispo dominaba claramente a otras ciudades o a otros obispos. Pero se desarrolló una lucha por el poder respecto a cuál secta o vástago apóstata del cristianismo bíblico original se establecería como “ortodoxa”, de modo que las demás llegarían a ser “heréticas”.

Todas eran sectas al principio

Una de las obras más recientes que trata este asunto declara: “¿Qué fue la herejía cristiana? Y, de hecho, ¿qué fue la Iglesia? [...] El cristianismo [apóstata] empezó con la confusión, la controversia y el cisma, y continuó así. Una iglesia ortodoxa dominante, con una estructura eclesiástica reconocible, surgió solo muy gradualmente. [...] Y, como es el caso cuando se trata de tales luchas, no fue especialmente edificante. [...] Durante los siglos primero y segundo A.C. las zonas centrales y orientales del Mediterráneo estaban llenas de una infinidad de ideas religiosas, que luchaban por propagarse. [...] Desde el principio, entonces, hubo numerosas variedades de cristianismo que tenían poco en común las unas con las otras. [...] Es inexacto decir que haya habido algún tipo de cristianismo dominante antes de la última mitad del tercer siglo. Por lo que podemos ver, para fines del primer siglo, y prácticamente durante todo el segundo siglo, la mayor parte de los cristianos creían en variedades del gnosticismo cristiano, o pertenecían a sectas evangelistas agrupadas en torno a personajes carismáticos. [...] La ortodoxia era meramente una de las diversas formas del cristianismo durante el tercer siglo, y tal vez no llegó a ser predominante sino hasta el tiempo de Eusebio la principios del cuarto siglo]”. (A History of Christianity, por Paul Johnson.)

El apóstol Pablo predijo dichos sucesos, como sigue: “Va a llegar el tiempo en que la gente no soportará la sana enseñanza; más bien, según sus propios caprichos, se buscarán un montón de maestros que sólo les enseñen lo que ellos quieran oír. Darán la espalda a la verdad y harán caso a toda clase de cuentos”. (2 Timoteo 4:3, 4, Versión Popular.)

Algunos de tales maestros apóstatas llegaron a ser lo que las iglesias de la cristiandad llaman padres de la iglesia. Generalmente son clasificados como padres antenicenos y posnicenos, pues el punto de viraje fue el llamado Primer Concilio Ecuménico de Nicea, que el emperador pagano de Roma, Constantino, convocó en aquella ciudad de Asia Menor en 325 E.C.

Se hacen esfuerzos por establecer la primacía de Roma

Es de notar que la mayor parte de los “padres” del segundo y tercer siglo no tuvieron su sede oficial en Roma, y escribieron en griego, no en latín. La Encyclopaedia Britannica confirma esto, al declarar: “Hasta aproximadamente el año 250 la mayoría de los líderes cristianos de Occidente hablaban griego, no latín (p. ej., Ireneo e Hipólito). La teología latina principal no provino de Roma, sino de África del Norte (p. ej., Tertuliano y Cipriano)”.

En aquellos primeros siglos de la apostasía, ¿cuáles ciudades fueron los grandes centros de la llamada teología cristiana? No Roma, sino Antioquía, Alejandría, Cartago, Cesarea, Jerusalén y varias ciudades de Asia Menor. The Catholic Encyclopedia admite: “Aunque Roma era poderosa y venerada en el segundo siglo, [...] la interrupción en su literatura es completa. La literatura latina es, por lo tanto, [...] prácticamente dos siglos y medio más joven [que la griega]. Tertuliano es único, y él se volvió hereje. Hasta mediados del cuarto siglo había aparecido tan solo un padre latino [Cipriano, de Cartago, África del Norte]. [...] Desde Cipriano (que murió en 258) hasta Hilario (que murió alrededor del 367 [...] no hubo teología en absoluto”.

¿Cómo, entonces, logró la iglesia de Roma establecer su primacía sobre las iglesias de otras ciudades que habían sido mucho más prominentes que ella en producir “padres de la iglesia”? Sin duda, un factor fue el prestigio de estar situada en la capital del imperio. Ella era una iglesia rica que enviaba ayuda financiera a iglesias más pobres de otras ciudades, y esto proporcionó cierto poder a su obispo. Este empezó a reclamar el derecho de oír apelaciones contra las decisiones de obispos locales respecto a asuntos relacionados con la disciplina de la iglesia.

Además, tal como el emperador pagano de Roma, Constantino, reconocía que él podía usar el cristianismo apóstata para consolidar el imperio decadente, así también el obispo de Roma se dio cuenta de que el paganismo podía proporcionar cierto atractivo popular a su tipo de cristianismo apóstata. La iglesia de Roma había adoptado el domingo de los paganos como día para celebrar la Pascua, mientras que las iglesias de las ciudades orientales habían estado celebrándola en cualquier día de la semana que cayera el 14 de Nisán del calendario judío. Además, mientras que algunas iglesias orientales tendían a seguir a Arrio, quien negaba la doctrina de la Trinidad, Roma prontamente adoptó la idea pagana de un dios trino.

En ambos asuntos, el emperador Constantino salió a favor de Roma. Hizo esto en 321 E.C. por medio de instituir una ley para la observancia del domingo e imponer, durante el Concilio de Nicea de 325 E.C., la Trinidad. Fusionó el cristianismo apóstata con el culto pagano de Roma e hizo que esta forma de adoración “universal” o “católica” fuera la religión del estado.

Entonces, en 382 E.C., el emperador Graciano promulgó una constitución en la que concedió a Dámaso, obispo de Roma, el derecho de oír apelaciones de otros obispos, aun de los que estuvieran en las “regiones más distantes” del Imperio. Aunque los obispos de Oriente y hasta algunos de Occidente rebatieron esta decisión, ésta indudablemente dio autoridad al obispo de Roma. El obispo Dámaso aceptó la insignia de Pontifex Maximus, ¡título y oficio pagano al cual, con el tiempo, el emperador Graciano había renunciado por considerar que no era propio para un cristiano! Dámaso no tuvo dicho escrúpulo. De acuerdo con The Catholic Encyclopedia, Pontifex Maximus todavía se considera uno de los “más notables títulos” que lleva el papa. En francés todavía se llama al papa le souverain pontife, el sumo pontífice.

Cismas, disidencia y reforma

Naturalmente, no dejó de haber quienes se opusieran a la supremacía que reclamaba el obispo de Roma. Los líderes del cristianismo apóstata en ciudades como Alejandría, Jerusalén, Antioquía y especialmente Constantinopla, pusieron en tela de juicio dicha usurpación. No obstante, aunque los líderes religiosos de estas ciudades estaban unidos en cuanto a oponerse a la dominación de Roma, no concordaban entre sí respecto a asuntos doctrinales. Había opiniones contradictorias en éstas y otras ciudades, lo cual resultó en que surgieran diferentes sectas, y todas ellas afirmaban ser cristianas.

Se hicieron varios esfuerzos por remendar la brecha que se hacía cada vez más grande entre las sectas cristianas apóstatas rivales, cuyas sedes estaban en Roma y Constantinopla, y por marcar como herejes a los maestros cristianos apóstatas de otras ciudades mediante organizar varios “Concilios Ecuménicos (universales) de la Iglesia” en el transcurso de los siglos. El primero se celebró en Nicea en 325 E.C. a fin de condenar la “herejía” antitrinitaria de Arrio. Otros se celebraron en Constantinopla (cuatro veces), Éfeso, Calcedonia (justamente al otro lado de Constantinopla, al cruzar el Bósforo), y nuevamente en Nicea. Los primeros siete concilios son reconocidos tanto por la Iglesia Católica Romana como por la Iglesia Ortodoxa. El cuerpo de doctrinas que se forjó en estos concilios incluía la Trinidad, la creencia en que María es la “madre de Dios” y otros dogmas que no tienen nada que ver con el cristianismo de la Biblia. Estos concilios eclesiásticos condenaron varias “herejías” también, de modo que contribuyeron a la formación de aun más subdivisiones (sectas) del cristianismo apóstata.

Es interesante que ninguno de estos concilios eclesiásticos “universales” se celebró en Roma, ciudad que afirmaba ser la sede universal del cristianismo. No fue sino hasta 1123 E.C. que el primer llamado Concilio Ecuménico se celebró en Roma. Pero para entonces el “gran cisma” entre Roma y las iglesias orientales se había realizado, pues la primera separación se efectuó en 867 E.C., y el cisma final en 1054. Por lo tanto, desde un punto de vista estrictamente histórico, nunca se celebró en Roma un concilio verdaderamente ecuménico o universal.

El cristianismo apóstata de Oriente que se separó de Roma no se unió en torno a algún obispo que afirmara ser el vicario de Cristo sobre la Tierra. La iglesia de Constantinopla (que también se llama la Nueva Roma) hubiera querido llegar a ser la “Roma” de la religión ortodoxa oriental. Pero no logró esto. Con el tiempo, la ortodoxia oriental llegó a estar dividida en 15 iglesias nacionales autónomas que conceden una primacía meramente honoraria al patriarca de Constantinopla, ciudad que hoy se llama Estambul. Además, hay varias iglesias orientales independientes que no reconocen la autoridad ni de Roma ni de Constantinopla. Decididamente, el “cristianismo” oriental es una casa dividida.

Después del cisma oriental, la iglesia romana, aunque todavía esperaba reintegrar a las iglesias orientales, por lo menos contaba con ser la señora indisputable de su propia casa... el Occidente. Pero sus problemas no habían terminado. Dentro de poco empezaron a aparecer disidentes. Esto era intolerable, y se tomaron medidas drásticas en contra de dichos “herejes”. Se instituyó la Inquisición, pero la disensión continuó. En el siglo XVI estalló una revuelta general, primero por razones religiosas y luego por razones políticas.

Esta revuelta, llamada la Reforma, produjo un tercer grupo de religiones que también afirman ser cristianas. Pero en vez de restaurar la unidad que había existido originalmente y las verdades doctrinales del cristianismo bíblico, el protestantismo ha producido una cosecha de iglesias divididas y sectas.

¿Por qué hay tantas?

Si usted pertenece a una iglesia o secta que afirma ser cristiana, sin duda usted se ha preguntado por qué hay tantas religiones que afirman seguir a Cristo y la Biblia. Tal vez usted haya llegado a sentirse disgustado con tales divisiones, especialmente en vista de que resultan en persecución religiosa y guerras religiosas, como ha sido el caso en el transcurso de los siglos hasta el presente. Por éstas y otras razones quizás usted haya dejado de asistir a la iglesia, y se haya contentado con su propio concepto del cristianismo. No obstante, en su corazón usted sabe que el cristianismo tiene que encerrar más que solo eso. La Biblia le deja saber que los primerísimos cristianos constituían una familia espiritual feliz y unida. (Juan 13:34, 35; Efesios 4: 1-6.)

Hoy, los testigos de Jehová forman dicha familia feliz de cristianos. No son una secta, puesto que ni son discípulos de algún maestro o líder humano ni son un vástago o ramificación de cierta iglesia o secta. Los Testigos tienen antecedentes diversos. No siguen a ningún hombre, sino que siguen a Dios y a Su Hijo, Jesucristo. En respuesta a los que preguntan: “¿Por qué hay tantas religiones que afirman ser cristianas?”, ellos responden: “Debido a que dichos grupos religiosos han seguido a hombres, no lo que dice la Biblia”. Los testigos de Jehová gustosamente pueden ayudarle a hallar el verdadero cristianismo bíblico.

¿Son los testigos de Jehová una secta peligrosa?



SE ACUSÓ a Jesucristo de ser borracho, glotón, violador del sábado, falso testigo, blasfemo y mensajero de Satanás. También se le inculpó de subversión. (Mateo 9:34; 11:19; 12:24; 26:65; Juan 8:13; 9:16; 19:12.)

Después de la muerte y resurrección de Jesús, sus discípulos fueron de igual modo el blanco de graves acusaciones. Una muchedumbre arrastró a un grupo de cristianos del siglo primero ante los gobernantes de la ciudad, clamando: ‘Estos hombres han trastornado la tierra habitada’. (Hechos 17:6.) En otra ocasión, se llevó al apóstol Pablo y a su compañero Silas ante las autoridades y se les acusó de turbar muchísimo la ciudad de Filipos. (Hechos 16:20.)

Más tarde se acusó a Pablo de ser “un individuo pestilente [...] que promueve sediciones entre todos los judíos por toda la tierra habitada”, así como de querer “profanar el templo”. (Hechos 24:5, 6.) Los judíos principales de Roma reflejaron con exactitud la situación de los seguidores de Jesús cuando reconocieron: “Porque, verdaderamente, en lo que toca a esta secta nos es conocido que en todas partes se habla en contra de ella”. (Hechos 28:22.)

Está claro, pues, que había quien consideraba a esa nueva comunidad fundada por Jesús como una agrupación religiosa con ideas y prácticas radicales que chocaban con el comportamiento social aceptado entonces. Sin duda, muchas personas de hoy hubieran considerado a los cristianos una secta destructiva. Los opositores eran con frecuencia miembros eminentes y respetados de la sociedad, lo que daba más peso a sus acusaciones. Muchos creyeron las acusaciones lanzadas contra Jesús y sus discípulos. No obstante, como probablemente sepa, cada uno de esos cargos era falso. El hecho de que la gente dijera esas cosas no las hacía verdaderas.

¿Y hoy día? ¿Sería exacto referirse a los testigos de Jehová como una agrupación religiosa con ideas y prácticas que chocan con la conducta social aceptada? ¿Son los testigos de Jehová una secta peligrosa?

¿Qué muestran los hechos?

Un funcionario de la ciudad de San Petersburgo (Rusia) explicó: “Se nos representó a los testigos de Jehová como una clase de secta clandestina reunida en la oscuridad asesinando niños y suicidándose”. Sin embargo, los rusos han tenido recientemente la oportunidad de conocer la verdadera naturaleza de los testigos de Jehová. Después de trabajar con ellos en los preparativos de una asamblea internacional, el mismo funcionario dijo: “Ahora veo a personas normales, sonrientes, incluso mejores que mucha gente que conozco. Son pacíficas y tranquilas, y se tienen verdadero amor”. Y añadió: “En realidad, no entiendo por qué la gente dice esas mentiras sobre ellos”.

Los testigos de Jehová no tienen reuniones ritualistas ni celebran servicios religiosos secretos. Julia Mitchell Corbett, que no es testigo de Jehová, explica: “Cuando se reúnen, normalmente más de una vez a la semana, en los Salones del Reino (no llaman iglesias a sus lugares de reunión), dedican la mayor parte del tiempo al estudio y comentario de la Biblia”. Sus lugares de reunión tienen un letrero de confesionalidad. Las reuniones son a puerta abierta, y el público está invitado. Se recibe con gusto a cualquiera que se presente sin previo aviso.

Los “Testigos se han ganado la reputación de ser honrados, corteses y trabajadores”, añade Corbett en su libro Religion in America. Muchas personas que no son Testigos reconocen de buena gana que no hay nada anormal ni extraño en los testigos de Jehová. Su conducta no choca con el comportamiento social aceptado. The New Encyclopædia Britannica dice con exactitud que los Testigos “insisten en un alto código moral de conducta personal”.

El director de noticias y proyectos especiales de una cadena de televisión de Estados Unidos, escribió a los testigos de Jehová con ocasión de un informe tendencioso sobre ellos emitido en el programa televisivo 60 Minutes. Dijo: “Si más gente viviera como ustedes, esta nación no estaría como está. Soy un periodista que sabe que su organización está fundada en el amor y una fe fuerte en el Creador. Quiero que sepan que no todos los periodistas son tan parciales”.

Una religión muy conocida

¿Es justo decir que los testigos de Jehová son una agrupación religiosa pequeña y marginal? En un sentido, son pocos comparados con otras religiones. Sin embargo, recuerde lo que Jesús dijo: “Angosta es la puerta y estrecho el camino que conduce a la vida, y pocos son los que la hallan”. (Mateo 7:13, 14.)

En cualquier caso, no puede decirse que los Testigos sean una pequeña secta marginal. En la primavera de 1993, más de once millones de personas asistieron a la Conmemoración de la muerte de Cristo que celebran los Testigos. Pero más importante que la cantidad es su carácter moral y su comportamiento ejemplar, reconocidos mundialmente. No cabe duda de que ese ha sido uno de los factores que han contribuido a su reconocimiento oficial en muchos países como religión conocida y auténtica.

Es digna de mención una reciente disposición del Tribunal Europeo de los Derechos Humanos. En ella se declara que los Testigos deben disfrutar de libertad de pensamiento, de conciencia y de religión, y que tienen el derecho de hablar de su fe y enseñarla a otras personas. Difícilmente se hubiera expresado así la Comisión Europea si se conociera a los testigos de Jehová por el empleo de técnicas engañosas y poco éticas para captar adeptos, o si utilizaran medios para manipular la mente de sus seguidores.

Por todo el mundo mucha gente conoce bien a los testigos de Jehová. A los millones de personas que están estudiando la Biblia con ellos o que la han estudiado en el pasado, les preguntamos: ¿Hubo algún intento de lavarles el cerebro? ¿Emplearon los Testigos técnicas de manipulación mental? “No”, será sin duda su respuesta sincera. Obviamente, si se hubieran utilizado esos métodos, habría una abrumadora cantidad de víctimas que contradiría cualquier argumento favorable a los testigos de Jehová.

‘Absortos en cuestiones humanitarias’

Los miembros de las sectas peligrosas se aíslan de la familia, de los amigos e incluso de la sociedad en general. ¿Es ese el caso de los testigos de Jehová? “Yo no soy testigo de Jehová”, escribió un periodista checo. Y añadió: “Es obvio que [los testigos de Jehová] tienen una tremenda fuerza moral. [...] Reconocen a las autoridades gubernamentales, aunque creen que solo el Reino de Dios es capaz de resolver todos los problemas humanos. Pero, cuidado, no son fanáticos. Son personas que están absortas en cuestiones humanitarias”.

Tampoco viven en comunas, aislándose de sus parientes y amigos. Los testigos de Jehová reconocen su responsabilidad bíblica de amar a sus familias y cuidar de ellas. Viven y trabajan con personas de todas las razas y religiones. Cuando azotan desastres naturales, prestan su ayuda de inmediato con provisiones de socorro y demás asistencia humanitaria.

Más importante aún, participan en un programa de educación sin igual. ¿Cuántas religiones tienen un sistema organizado para hacer visitas personales a cada vecino de su comunidad? Los testigos de Jehová lo hacen en más de doscientos países y en más de doscientos idiomas. No cabe duda de que están ‘absortos en cuestiones humanitarias’.

Estricta adherencia a la Biblia

Hay que admitir que las enseñanzas de los testigos de Jehová son diferentes de las que favorecen las iglesias. Los Testigos creen que Jehová es el Dios todopoderoso y que Jesús es su Hijo, no parte de una deidad trina. Su fe está basada en la creencia de que únicamente el Reino de Dios puede eliminar el sufrimiento de la humanidad. Advierten a la gente de la inminente destrucción de este corrupto sistema de cosas. Predican la promesa de Dios acerca de un paraíso terrestre para la humanidad obediente. No veneran la cruz ni celebran la Navidad. Creen que el alma es mortal y que no hay un infierno de fuego. No comen sangre ni aceptan transfusiones sanguíneas. No participan en la política ni en la guerra. ¿Se ha preguntado alguna vez por qué son tan diferentes las enseñanzas de los testigos de Jehová?

Un periódico de Massachusetts, el Daily Hampshire Gazette, explica que la “estricta interpretación de la Biblia les prohíbe [a los testigos de Jehová] muchas actividades que la gente da por sentadas [...], todo por seguir el ejemplo de los cristianos del siglo primero y la palabra de la Biblia”. La obra The Encyclopedia of Religion concuerda en que “todo lo que creen está basado en la Biblia. ‘Prueban textualmente’ (es decir, suministran una cita bíblica para apoyar) prácticamente toda declaración de su fe, dando por sentada la autoridad de la Biblia, que sustituye por completo a la tradición”. El libro Religion in America dice: “La agrupación nunca ha dejado de concentrarse en el estudio de la Biblia, y sus enseñanzas están apoyadas por un elaborado sistema de referencias a las Escrituras”.

¿Quién es su caudillo?

Precisamente debido a esa estricta adherencia a las enseñanzas de la Biblia no pueden hallarse en los testigos de Jehová ni la veneración ni la idolatría de caudillos humanos, tan características de las sectas peligrosas de hoy día. Rechazan el concepto de una distinción entre clero y legos. La obra The Encyclopedia of Religion dice de los testigos de Jehová: “La clase clerical y los títulos distintivos están prohibidos”.

Siguen a Jesucristo como su Caudillo y Cabeza de la congregación cristiana. Jesús dijo: “No sean llamados Rabí, porque uno solo es su maestro, mientras que todos ustedes son hermanos. Además, no llamen padre de ustedes a nadie sobre la tierra, porque uno solo es su Padre, el Celestial. Tampoco sean llamados ‘caudillos’, porque su Caudillo es uno, el Cristo”. (Mateo 23:8-12.)

Está claro que los testigos de Jehová están tan lejos de ser una secta peligrosa como Jesús lo estaba de ser un glotón y un borracho. Hay que reconocer que no todos los que estaban influidos por los falsos informes sobre Jesús y sus discípulos cayeron en la trampa de calumniarlo. Algunos quizá solo estarían mal informados. Si usted tiene preguntas sobre los testigos de Jehová y sus creencias, ¿por qué no intenta conocerlos mejor? Las puertas de los Salones del Reino están abiertas de par en par para todos aquellos que buscan la verdad.

Usted puede beneficiarse también de su cuidadosa búsqueda de conocimiento bíblico exacto y aprender a adorar a Dios en armonía con las palabras de Jesús: “La hora viene, y ahora es, en que los verdaderos adoradores adorarán al Padre con espíritu y con verdad, porque, en realidad, el Padre busca a los de esa clase para que lo adoren”. (Juan 4:23.)

¿Qué son las sectas peligrosas?



ERA el 28 de febrero de 1993. Más de cien agentes de una brigada especial atacaron un complejo de edificios que albergaba a decenas de hombres, mujeres y niños. El objetivo era descubrir armas ilegales y arrestar a un presunto delincuente. No obstante, una lluvia de balas procedente del interior de los edificios tomó a los agentes por sorpresa. La brigada repelió la agresión.

Esta confrontación arrojó un saldo de diez muertos y varios heridos. Durante los cincuenta días siguientes, cientos de agentes del gobierno sitiaron el complejo con suficientes armas como para librar una pequeña guerra. En el enfrentamiento final murieron 86 personas, entre ellas, por lo menos diecisiete niños.

Pero ¿quién era el enemigo? ¿Un ejército de traficantes de drogas? ¿Un grupo guerrillero? No. Como posiblemente sepa, el “enemigo” era una agrupación religiosa, una secta. Su tragedia hizo de una discreta comunidad de las llanuras del centro de Texas (E.U.A.) el foco de la atención internacional. Los medios de comunicación inundaron las ondas de radio y televisión y la página impresa de un aluvión de informes, análisis y comentarios sobre los peligros de las sectas fanáticas.

Se recordó al público ocasiones anteriores en las que los dirigentes de algunas sectas llevaron a la muerte a sus seguidores: los asesinatos de Manson en 1969 en California, el suicidio masivo de los miembros de una secta en 1978 en Jonestown (Guyana) y el pacto de asesinato-suicidio concebido por la líder coreana Park Soon-ja, que resultó en la muerte de 32 personas. Es digno de mención el hecho de que muchas de estas personas decían ser cristianas y creer en la Biblia.

No sorprende que a mucha gente que respeta la Biblia como la Palabra de Dios le consterne la desvergonzada manipulación que estas sectas hacen de las Escrituras. Por este motivo, con el transcurso de los años se han formado centenares de organizaciones para el control y la denuncia de las sectas peligrosas. Los expertos en comportamiento sectario predicen que el advenimiento de un nuevo milenio dentro de pocos años puede desencadenar la proliferación de este tipo de sectas. Un semanario observó que, según las agrupaciones antisectarias, hay miles de sectas “preparadas para arrebatar su cuerpo, controlar su mente y corromper su alma. [...] Pocas están armadas, pero a muchas se las considera peligrosas. Lo seducirán y le quitarán el dinero, lo casarán y lo enterrarán”.

¿Qué es una secta peligrosa?

El término “secta peligrosa” ha sido utilizado con cierta imprecisión por quienes no son conscientes de sus connotaciones.

Una obra reciente, el Diccionario Esencial Santillana de la Lengua Española, da como segunda acepción del término “secta”: “Conjunto de seguidores de una doctrina, filosofía o religión considerada falsa o peligrosa por el que habla”.

La revista Newsweek explica que las sectas peligrosas “son normalmente grupos pequeños y marginales cuyos miembros derivan su identidad y propósito de un líder carismático”. Del mismo modo, la revista Asiaweek dice que “el término es vago, pero normalmente denota un nuevo credo religioso formado en torno a un líder carismático, que suele proclamarse la personificación de Dios”.

El lenguaje utilizado en la resolución conjunta del Centésimo Congreso del Estado de Maryland (E.U.A.) también transmite una connotación peyorativa de este tipo de sectas. La resolución expresa que la secta peligrosa es “un grupo o movimiento que manifiesta devoción excesiva a una persona o idea, y emplea técnicas de manipulación poco éticas para persuadir y controlar al individuo a fin de promover las metas de su líder”.

Está claro, pues, que por lo general se entiende que las sectas peligrosas son agrupaciones religiosas con puntos de vista y prácticas radicales que chocan con la conducta social aceptada como normal en la actualidad. Suelen tener también ritos secretos. Muchas de estas sectas se aíslan en comunas. Acostumbran a dar devoción incondicional y exclusiva a un líder autoproclamado. A menudo este se jacta de haber sido escogido por Dios o incluso de ser de naturaleza divina.

En ocasiones, las organizaciones antisectarias y los medios de comunicación han calificado a los testigos de Jehová de secta peligrosa. Varios artículos periodísticos recientes han incluido a los testigos de Jehová entre las agrupaciones religiosas de actividades cuestionables. Pues bien, ¿es exacto referirse a los testigos de Jehová como un pequeño grupo religioso marginal? Los miembros de estas sectas suelen aislarse de los amigos, la familia e incluso la sociedad en general. ¿Es ese el caso de los testigos de Jehová? ¿Utilizan los Testigos técnicas engañosas y contrarias a la ética para conseguir adeptos?

Se conoce a los líderes de estas sectas por sus métodos para controlar la mente de sus seguidores. ¿Hay prueba de que los testigos de Jehová usen esos métodos? ¿Celebran servicios religiosos secretos? ¿Siguen y veneran a algún líder humano? ¿Puede decirse con honradez que los testigos de Jehová sean una secta peligrosa?

¿Acepta Dios la adoración sectaria?


¿QUÉ idea le comunica la palabra “secta”? ¿Grupos de personas vestidos con extraños atuendos cantando y bailando en las esquinas de las calles? ¿Multitudes de adoradores inclinándose ante algún misterioso gurú? ¿Relatos horrorosos sobre niños secuestrados o maltratados? ¿O quizás horrendas historias acerca de asesinatos o suicidios en masa?

Desafortunadamente, a menudo, quizás demasiado a menudo, se oyen informes de este tipo. El resultado es que, para mucha gente, la palabra “secta” ha llegado a ser un sinónimo de extraño, no tradicional y, quizás, amenazador. Para estas personas, todos los grupos religiosos que no pertenecen a las iglesias consideradas establecidas son sectas. ¿Es válido este punto de vista? Y, más importante, ¿es ese el punto de vista de la Biblia?

¿Qué es una secta?

Debe notarse que muchos judíos del primer siglo consideraban así a los seguidores de Jesucristo, particularmente al apóstol Pablo. Debido a su celosa predicación de las buenas nuevas sobre Jesucristo, las autoridades judías acusaron a Pablo de ser “un individuo pestilente y que promueve sediciones entre todos los judíos por toda la tierra habitada, y es vanguardia de la secta de los nazarenos”. (Hechos 24:5.) La palabra griega que se usa en este texto para “secta” es hái·re·sis, la cual significa “una elección”, es decir, “la elección de una opinión contraria a la recibida normalmente”. Así, una “secta” es un grupo que escoge seguir un curso o creencia diferente de lo que es comúnmente aceptado.

Los líderes religiosos judíos pensaron que el mensaje predicado por el apóstol Pablo y sus compañeros cristianos era contrario a lo que ellos creían, y también molesto. Por eso los consideraron una secta. Pero, ¿estaban en lo cierto? Por supuesto que no, porque si adoptamos esa línea de razonamiento, ¡entonces tendríamos que decir que el cristianismo que predicaron Jesús de Nazaret y el apóstol Pablo era una secta!

Por el contrario, la Biblia habla de “la secta de los fariseos” y de la “secta de los saduceos”. (Hechos 15:5; 5:17.) ¿Por qué? Porque escogieron seguir un curso o creencia diferente de lo que la Biblia enseña. Jesús señaló su error cuando dijo: “Diestramente ponen ustedes a un lado el mandamiento de Dios para retener su tradición. [...] Así invalidan la palabra de Dios por la tradición suya que ustedes transmitieron”. (Marcos 7:9, 13.) Aunque pensaban que practicaban la religión establecida, ellos constituían las sectas de aquellos días.

Ya que se aferraban quisquillosamente a sus propias ideas de lo que era correcto, aquellos líderes religiosos santurrones rechazaron a Jesús. Por este motivo, Jesús les declaró: “Por eso les digo: El reino de Dios les será quitado a ustedes y será dado a una nación que produzca sus frutos”. (Mateo 21:43.)

¿Quiénes componen las sectas hoy en día?

Hoy, los escritores religiosos, críticos y otras personas utilizan liberalmente el término “secta” como calificativo peyorativo con referencia a cualquiera que ofenda su sensibilidad religiosa. Pero, ¿es esta una base sólida para emitir un juicio? ¿No sería mejor seguir las directrices provistas por Jesús y examinar los “frutos” que producen? Él dijo: “Por sus frutos los reconocerán”. (Mateo 7:16.)

Siguiendo este criterio, muchos de los grupos y movimientos de los que leemos pueden ser llamados sectas. Más bien que producir “el fruto del espíritu”, han manifestado prolijamente “las obras de la carne”, como: “fornicación, inmundicia, conducta relajada, idolatría, práctica de espiritismo”. (Gálatas 5:19-24.) De muchas de estas bien puede decirse que tienen un culto propio, ya que idolatran a ciertos líderes carismáticos y siguen sus enseñanzas en vez de la Palabra de Dios, la Biblia.

Pero, ¿qué se puede decir de las religiones consideradas establecidas? Bien, ¿sostienen ellas las altas normas morales de la Biblia o tienen sus propias ideas? (1 Corintios 6:9, 10.) ¿Se aman unos a otros, lo que Jesús dijo que sería la marca que identificaría a sus verdaderos discípulos, o han sido inducidos por el nacionalismo y la política a matarse unos a otros en tiempos de guerra? (Juan 13:35.) ¿Proclaman la Biblia como la Palabra inspirada de Dios, tal como hizo Jesús, o la consideran un mito y la sustituyen por filosofías humanas y la teoría que deshonra a Dios: la evolución? (Juan 17:17.) Está claro que, a pesar de su “respetabilidad”, las religiones consideradas establecidas no son más que sectas falsas que se hacen pasar por el verdadero cristianismo.

Lo que usted debería hacer

El verdadero cristianismo no es una secta ni está dividido. Si usted pertenece a una Iglesia, entonces debería examinar cuidadosamente lo que esta enseña y los “frutos” que sus miembros producen. ¿Están estos totalmente basados en la Biblia y en armonía con ella? ¿O podría ser que su Iglesia también hubiera escogido un curso diferente de lo que la Biblia enseña, convirtiéndose así en una secta? Un estudio diligente de la Biblia es la única manera de saberlo a ciencia cierta.

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¿Son los testigos de Jehová una secta peligrosa?


SE ACUSÓ a Jesucristo de ser borracho, glotón, violador del sábado, falso testigo, blasfemo y mensajero de Satanás. También se le inculpó de subversión. (Mateo 9:34; 11:19; 12:24; 26:65; Juan 8:13; 9:16; 19:12.)

Después de la muerte y resurrección de Jesús, sus discípulos fueron de igual modo el blanco de graves acusaciones. Una muchedumbre arrastró a un grupo de cristianos del siglo primero ante los gobernantes de la ciudad, clamando: ‘Estos hombres han trastornado la tierra habitada’. (Hechos 17:6.) En otra ocasión, se llevó al apóstol Pablo y a su compañero Silas ante las autoridades y se les acusó de turbar muchísimo la ciudad de Filipos. (Hechos 16:20.)

Más tarde se acusó a Pablo de ser “un individuo pestilente [...] que promueve sediciones entre todos los judíos por toda la tierra habitada”, así como de querer “profanar el templo”. (Hechos 24:5, 6.) Los judíos principales de Roma reflejaron con exactitud la situación de los seguidores de Jesús cuando reconocieron: “Porque, verdaderamente, en lo que toca a esta secta nos es conocido que en todas partes se habla en contra de ella”. (Hechos 28:22.)

Está claro, pues, que había quien consideraba a esa nueva comunidad fundada por Jesús como una agrupación religiosa con ideas y prácticas radicales que chocaban con el comportamiento social aceptado entonces. Sin duda, muchas personas de hoy hubieran considerado a los cristianos una secta destructiva. Los opositores eran con frecuencia miembros eminentes y respetados de la sociedad, lo que daba más peso a sus acusaciones. Muchos creyeron las acusaciones lanzadas contra Jesús y sus discípulos. No obstante, como probablemente sepa, cada uno de esos cargos era falso. El hecho de que la gente dijera esas cosas no las hacía verdaderas.

¿Y hoy día? ¿Sería exacto referirse a los testigos de Jehová como una agrupación religiosa con ideas y prácticas que chocan con la conducta social aceptada? ¿Son los testigos de Jehová una secta peligrosa?